El escritor ecuatoriano Alfonso Reece presentó su más reciente novela, Pacífico rojo (Dinediciones, 2026), el sábado 24 de octubre, en la Hacienda La Viña. En el encuentro participaron los analistas Jorge Ortiz y Alan Cathey, quienes acompañaron al autor en una conversación sobre literatura, espionaje e historia política, entretejida con los recuerdos compartidos de una generación.

La Guerra Fría, además de librarse en Berlín, Moscú o Washington, también tuvo sus escenarios en ciudades aparentemente alejadas de los grandes centros de poder, como Quito, donde las operaciones de inteligencia y los intereses de las potencias internacionales se entrecruzaron con la vida cotidiana de sus habitantes. En ese contexto, Alfonso Reece sitúa Pacífico rojo, una historia de espionaje ambientada en el Ecuador de los años setenta.

La presentación del libro fue, en cierto modo, la prolongación de un diálogo sostenido durante décadas por el autor, Jorge Ortiz y Alan Cathey, quienes no se limitaron a comentar la trama y los personajes de la novela, sino que aprovecharon la ocasión para evocar los años de su juventud, las transformaciones políticas del Ecuador y un mundo que, como recordó Reece, «parecía entonces dividido en dos bloques ideológicos claramente identificables».

Ortiz abrió su intervención con una referencia afectuosa a la larga amistad que lo une al novelista y recordó el peligro que representó la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética, una rivalidad que mantuvo al mundo bajo la amenaza de una guerra nuclear. Aquella tensión, señaló, «también alcanzó al Ecuador, aunque sus manifestaciones fueran menos visibles que en otros escenarios internacionales».

Por su parte, Alan Cathey afirmó que Pacífico rojo le había significado «hacer un viaje en el tiempo», pues su lectura lo había devuelto a los años setenta, decisivos en la formación intelectual y personal de los tres amigos. Además comentó la precisión con que Reece recupera los ambientes, las conversaciones y las preocupaciones de aquella época. Cathey sintetizó: «Este thriller de espionaje se desarrolla […] en la periferia, pero resulta que esa periferia para nosotros era nuestra centralidad», tal afirmación permite comprender que una de las apuestas de la novela es narrar desde el Ecuador acontecimientos que habitualmente se cuentan desde las grandes potencias.

Durante la presentación, uno de los aspectos que más interés despertó fue precisamente la dimensión humana de los espías. A diferencia de los agentes infalibles y desprovistos de sentimientos que suelen poblar el imaginario del género, los personajes de Reece experimentan miedo, afecto, dudas y contradicciones; son, pues, profundamente humanos.

Para ilustrarlo, Jorge Ortiz evocó la historia de Joan Pujol García, conocido como Garbo, el agente doble español que desempeñó un papel fundamental en las operaciones de desinformación durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a su extraordinaria eficacia como espía, Garbo también conoció el miedo, de tal modo, fingió su propia muerte y se refugió en Venezuela, donde construyó una nueva vida bajo otra identidad. Durante décadas, incluso parte de su familia lo creyó muerto. La anécdota permite establecer un paralelo con los personajes de Reece, quienes aparecen en conflicto entre sus misiones y sus sentimientos.

Otro de los ejes de la conversación fue el contexto histórico en el que transcurre la novela. Los gobiernos de Salvador Allende en Chile, Juan Velasco Alvarado en Perú y Guillermo Rodríguez Lara en Ecuador formaron parte de las reflexiones de los participantes, quienes examinaron las tensiones políticas de una América Latina atravesada por proyectos nacionalistas, revolucionarios y socialistas.

Reece subrayó especialmente la importancia del descubrimiento y el inicio de las exportaciones petroleras, «el petróleo convirtió al Ecuador en un territorio de mayor interés estratégico para las potencias enfrentadas», acontecimientos que transformaron de modo significativo la economía ecuatoriana y modificaron la posición del país en el escenario internacional.

El escritor recordó que, bajo una apariencia de relativa estabilidad, se desarrollaban operaciones de espionaje, maniobras diplomáticas y disputas por la orientación política del gobierno, de las que buena parte de la población apenas tenía conocimiento. Asimismo, la conversación recuperó episodios como la publicación de Inside the Company: CIA Diary, del exagente Philip Agee, y las controversias que provocaron sus revelaciones sobre las actividades de inteligencia estadounidense en el Ecuador.

Al reflexionar sobre su trabajo literario, Reece explicó que procura dejar sus convicciones ideológicas fuera del proceso de escritura para permitir que los personajes respondan a su propia lógica. Esta distancia resulta fundamental en una novela donde las fronteras entre los buenos y los malos, la verdad y el engaño, resultan mucho menos claras de lo que sugieren las grandes confrontaciones políticas.

Los espías habitan una suerte de mitomanía permanente, pues inventan nombres, y sostienen identidades ficticias hasta borrar los límites entre la verdad y la ficción. En ese juego de máscaras, la mentira deja de ser un instrumento del espionaje para convertirse en una forma de existencia. Quizá su mayor paradoja sea que, de tanto fingir ser otros, terminen por desconocerse a sí mismos.